El reconocimiento de las imágenes es un hecho independiente y previo al habla; las imágenes visuales permanecen más tiempo en el cerebro que las palabras y tienen mayor impacto en la memoria que la escritura. Las palabras, ideas e imágenes que están vinculadas entre sí, permiten ser recordadas simultáneamente; es un proceso de asociación mental.
Sin embargo, al relacionar estas imágenes directamente con los conceptos y las palabras empleando la escritura como mecanismo de comunicación, se bloquean los canales creativos confinando la expresión visual a palabras anotadas de manera lineal y organizada. Es así que esta capacidad innata del ser humano se va perdiendo a medida que la enseñanza escolar se hace más rígida y emplea métodos sistemáticos para cuantificar el aprendizaje.
La forma de escribir que conocemos consiste en una secuencia de letras, palabras y números ordenados linealmente de acuerdo a la sintaxis y las normas semánticas preexistentes que son indispensables para la comunicación; no obstante, carecen de expresividad. Ésto se debe a que el patrón lineal de la escritura alfabética no permite ver la información en su totalidad o establecer asociaciones y relaciones entre aspectos no vinculados secuencialmente, lo que hace que muchas ideas se pierdan o se olviden con facilidad.[1]
Quizá para la mayoría de nosotros, la escritura alfabética sea más precisa que aquélla que se basa en imágenes porque el “lenguaje escrito” ha tenido prioridad sobre el “lenguaje visual” ya que posee códigos y reglas que todos conocemos para poder leer y escribir. En el medio visual no existen reglas gramaticales; un A, B, C, de la “Real Academia de la Imagen” que nos enseñe como ver; hemos aprendido a leer y a escribir porque fuimos a la escuela pero nadie nos ha enseñado a discriminar o a leer las imágenes aunque éstas también requieren de una lectura. Para tal efecto se necesita de un entrenamiento especial y de la experiencia. Aún así, cada teórico de la imagen aborda el tema de diferente manera y establece sus propios fundamentos.
La vista es natural como también los mensajes visuales que observamos e interpretamos. La evolución del lenguaje comenzó con imágenes y pictografías, pasó a las unidades fonéticas y finalmente al alfabeto. Cada nuevo paso adelante fue, sin duda, un progreso hacia una comunicación más eficiente. Sin embargo, hoy día son numerosos los indicios de un retorno necesario hacia la imagen en la búsqueda de una mayor eficiencia en la comunicación y con significado en el contexto del lenguaje y la “alfabetidad visual”.[2]
Es necesario comprender que la naturaleza del cerebro es multidimensional, que trabaja en todas direcciones y sin rutas secuenciales predeterminadas; de la misma manera, la inteligencia visual es susceptible de mejorar mediante estímulos visuales. Entonces, la capacidad de pensar o de mirar no es la que debe ser organizada, es la forma de expresar nuestras ideas.
El hombre se distingue de los demás seres vivos por la capacidad para comunicarse mediante diversos lenguajes y por la producción de signos. Pareciera que el lenguaje visual es algo novedoso, sobre todo en los últimos años y con el advenimiento de las nuevas tecnologías. No obstante, las expresiones visuales se remontan siglos atrás en distintas manifestaciones culturales y a lo largo de la Historia. Los egipcios, los chinos, los árabes, los mayas, los aztecas, los incas, etc. se comunicaron utilizando signos hasta perfeccionarse en sistemas de escritura.
Durante el proceso se establecieron códigos asignándole un valor a los grafismos y símbolos empleados como soporte de la comunicación; en algunos casos evolucionaron en caracteres y en otros prevaleció el lenguaje pictórico y la imagen escrita integrando elementos visuales convencionales.
La escritura azteca, es un ejemplo de los sistemas que se basaron en la imagen codificada. Uno de los soportes que más utilizaron fueron los códices; aquellos manuscritos en los cuales los indígenas plasmaron su concepción del mundo antes y después de la Conquista, y hasta inicios del s. XVIII. En ellos, se combina una suerte de testimonio, arte, creatividad y enseñanza, muy similar a la función que realizan actualmente los libros-objeto y los libros de arte.
En su concepción inicial, los libros se produjeron para contener textos y las imágenes para ilustrarlos; en los códices los textos son las imágenes. Con el ojo del artista, cualquier sistema de signos puede proyectarse dentro de la estructura de un libro.
El pensamiento se manifiesta a través de un lenguaje, ya sea verbal o de signos. El tlacuilo, como artista y comunicador de historias, integró ambos lenguajes recurriendo a la composición, armonía, colores, líneas y planos, buscando nuevas relaciones de comunicación y siempre apegado a las leyes de su sistema de escritura.
En los códices, los tlacuilos; artistas y sabios indígenas, tuvieron la visión para adaptar sus habilidades y conocimientos de manera flexible a cada relato recurriendo al lenguaje pictórico; utilizaron signos y símbolos fonéticos y visuales concediendo un valor al color y a la forma, y recuperando el soporte como un espacio de comunicación.
Los códices, como contenedores visuales no pueden concebirse con los sistemas habituales de lectura; generan diversas asociaciones plásticas permitiendo según su formato una visión panorámica de los temas además de actuar como un medio didáctico y útil para el aprendizaje de contenidos.
Los códices, son el tipo de documentos que rompen con la monotonía restrictiva de los libros habituales prescindiendo de los esquemas lineales de lectura; proponen nuevas posibilidades plásticas para la presentación de contenidos y proyectan formas alternativas de interacción.
Dependiendo de la complejidad de la organización espacial en un códice, el espectador participa de manera activa al seguir las imágenes de un lado a otro con la mirada y al cambiar la dirección de la lectura sin alterar la narración del discurso. Durante este recorrido, el espectador se aproxima de diversas maneras a un códice, ya que además de estimar el valor histórico y documental del manuscrito, también puede valorar su presencia física; la textura, grafismos y color, afectando por consiguiente su experiencia sensorial y transformando la información semántica del lenguaje en apreciación estética.
El sistema de escritura azteca posee múltiples cualidades para asociar y transcribir palabras y significados; es pictórico porque utiliza imágenes y pinturas; pictográfico porque es un sistema de escritura basado en imágenes; figurativo porque son reconocibles las figuras si se comprende la convención plástica; descriptivo porque en algunos casos, como en los topónimos, se describe el lugar; ideográfico porque algunos elementos representan ideas; fonético porque se transcriben y pronuncian palabras; simbólico por el uso de signos convencionales, por mencionar sólo algunas características. Al mismo tiempo, el sentido multilineal de lectura y la asociación plástica entre los elementos se asemejan a los mecanismos hipertextuales de comunicación en Internet.
El Dr. Marc Thouvenot, en la introducción al Códice de Tepeucila, considera que leer no sólo es “seguir con los ojos identificando (caracteres y escritura)”; ni tampoco el reconocimiento de signos, con sus valores, sino también y quizá ante todo, acceder a una o múltiples significaciones, lo cual implica por lo menos, cuatro niveles de conocimiento: 1. Conocer el sistema de escritura; 2. Conocer las particularidades de su empleo; 3. Conocer la relación entre la escritura y la lengua de sus autores, y 4. Conocer las condiciones de elaboración del texto.[3]
La programadora neurolingüística Luz Ma. Ibarra, aludiendo a la técnica de los “mapas mentales”, señala que “mapear” significa plasmar en papel lo que aprendemos, porque imita el proceso de pensamiento. Organizamos la información de manera creativa a través de palabras, dibujos y símbolos, asociando y generando ideas. “Mapeando” experimentamos un “aprendizaje acelerante” porque asociamos todas nuestras experiencias para recordar con mayor facilidad; creamos nuevas conexiones neuronales y mejoramos nuestra habilidad de análisis, síntesis, retención de la memoria, imaginación y creatividad, entre otras.[4]
En este sentido, los códices, son también “mapas mentales” cuyo funcionamiento se basa en la imagen codificada ya que generan múltiples asociaciones que permiten una lectura rápida y entretenida de los temas. De esta manera, los códices no son un fin, sino un medio para aprender y transmitir el conocimiento.
Los trabajos que realizó el francés Alexis Aubin, en el s. XIX, podrían considerarse como el primer ensayo sobre escritura glífica nahuatl, aunque la mayor parte de sus ideas han sido superadas incluso a nivel pedagógico.
Aubin llama a este sistema de escritura “pintura didáctica” y la distingue de la pintura artística, ya que su finalidad no es el arte, ni la forma ni el color; sino más bien una enseñanza instructiva y de utilidad práctica, dirigiéndose sobre todo a la memoria y no al sentimiento o a la imaginación.[5]
Lo cierto es que los códices además de transmitir información también generan en el espectador una innegable experiencia estética.
En el Catholicon, escrito siglos atrás por Juan de Génova, a finales del s. XIII, queda de manifiesto que la función de las pinturas sí puede ser la enseñanza de temas valiéndose al mismo tiempo de una gran variedad de recursos estilísticos que integran diversos valores culturales dentro de un mismo espacio pictórico. En esta obra menciona la triple función religiosa de las pinturas cristianas:
- La instrucción de la gente.
- El impacto visual en la memoria mediante la diaria contemplación de las figuras, y
- Exaltar los sentimientos devocionales a través de la expresividad de las imágenes.[6]
Al darse cuenta los españoles que junto con la tradición oral, el medio pictórico de los indígenas era insustituible para comunicar sus mensajes, utilizaron el mismo sistema para propagar la nueva ideología sabiendo de antemano que era un recurso efectivo y anteriormente utilizado en la edad media para comprender las escenas de la Biblia en el interior de las iglesias, aunque los creyentes no supieran leer.
Pablo Escalante, se refiere a que las imágenes de mayor influencia en la mentalidad y arte indígenas fueron de origen religioso, en las cuales pronto encontraron los modelos que utilizarían para pintar códices, integrando así las pictografías antiguas y los grabados europeos.[7]
En su método, el Dr. Joaquín Galarza, establece que la imagen azteca pertenece a los sistemas de escritura que son reflejo de la lengua; los “glifos” son las unidades fonéticas de escritura y lectura en los códices y se representan gráficamente con imágenes. En una primera etapa descriptiva, hay que observar los glifos detenidamente para identificar sus elementos constitutivos siendo necesario conocer las convenciones y la lengua nahuatl para ir creando repertorios visuales. En un siguiente paso se interpretan considerando su simbolismo y significado en conjunto.[8]
A partir de este momento, comienzan múltiples niveles de asociación y significación que podrían llegar incluso hasta desentrañar el origen del mito y de la escritura en Mesoamérica.
[1] G. de Montes, Zoraida, Montes, G. Laura, MAPAS MENTALES. Paso a Paso, México, Alfaomega, 2002, p. 46.
[2] Dondis, Donis A., La sintaxis de la imagen. Introducción al alfabeto visual, Barcelona, Editorial Gustavo Gilli, 1990.
[3] Herrera, Meza Ma. del Carmen, Ruiz, Medrano Ethelia, El Códice de Tepeucila. El entintado mundo de la fijeza imaginaria, México, INAH, 1997, p. 14.
[5] Aubin, Joseph Marius Alexis, Memorias sobre la Pintura Didáctica y la Escritura Figurativa de los Antiguos Mexicanos, México, IIH-UNAM, 2002, p. 3.
[6] Baxandall, Michael, Pintura y vida cotidiana en el Renacimiento, Arte y experiencia en el Quattrocento, Barcelona, Ed. Gustavo Gili, 1978, p. 61.
[7] Escalante, Gonzalbo Pablo, Los Códices, México, Tercer Milenio, Consejo para la Cultura y las Artes, 1998. pp. 30 y 31.
[8] Galarza, Joaquín, Tlacuiloa. Escribir Pintando, México, D.F., TAVA Editorial, S.A. de C.V., 1996, pp. 16 y 17.
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